
Otra vez Benedetti. Ahora la maestra manda pedir, escuche bien, haikus, a mi hija de seis años.
Galopea razona bué, de última no ha pedido nada sobre el proceso de extranjerización de la tierra, así que consigo, en tiempo récord – porque llueve y truena literatura benedettiana- diez haikus, quizás no de los más selectos o comprensibles para la gurisa –insignificante detalle- pero que dejan en su almita curiosa y responsable el gusto de cumplir con el capricho de la maestra.
Que se entienda bien: loas y pétalos de las mejores rosas para la docente; relucientes, fulgurosas manzanas para la celosa educadora. Ahora bien: ¿ Benedetti?¿Haikus? ¿ Será necesario otra vez el mismo perro, pulgas y collar? Cerrados aplausos para la iniciativa del estímulo precoz ¿ O insultos y blasfemias inefables para un precoz estímulo a que piense- si piensa- como ella?
¿ Otra vez mi viejo Felisberto, mi Circe, mi Ma. Eugenia, mi Álvaro Figueredo; otra vez fuera del Mes del Libro?
A falta de tiempo y ganas de patalear contra el clavo se decide explicar, como es lógico, qué es un haiku: se procede a la ubicación geográfica de Japón; se hace referencia a varias, insignificantes en magnitud, manifestaciones de su cultura; se muestran a continuación las gigantescas diferencias de los alfabetos japonés y el alfabeto que mi hija casi domina; el sentido de la escritura; los dibujos majestuosos que embellecen los originales; separamos en sílabas varias palabras en español ( lo aprende en esta instancia, recuerde que está en primer grado) y por fin llegamos, y he sido sintética, a cómo Benedetti no descubrió América aunque sí tomó la métrica del haiku y compuso los diez que mi hija llevará satisfecha a la escuela.
Ante la mirada indignada de su padre que mueve resignado la cabeza, la niña pregunta: ¿ Para qué? Y nosotros, sus padres, entendemos que hacía rato los tres pensábamos lo mismo. Qué entusiasmo. Qué pérdida del finito tiempo. Galopea dice: Para saber, nomás ( es así como pretendemos educarla) Uríaco acota: Mira , mi amor, que no estamos molestos contigo. La niña dice: un haiku es un poema.Me siento miserablemente miserable. Sí, mi amor, un haiku es un poema. Y me veo a mí misma molesta, ridícula, porque uno que patea para que enseñen autores uruguayos, simplemente no logra comprender cuál será el peor de los males.
Galopea razona bué, de última no ha pedido nada sobre el proceso de extranjerización de la tierra, así que consigo, en tiempo récord – porque llueve y truena literatura benedettiana- diez haikus, quizás no de los más selectos o comprensibles para la gurisa –insignificante detalle- pero que dejan en su almita curiosa y responsable el gusto de cumplir con el capricho de la maestra.
Que se entienda bien: loas y pétalos de las mejores rosas para la docente; relucientes, fulgurosas manzanas para la celosa educadora. Ahora bien: ¿ Benedetti?¿Haikus? ¿ Será necesario otra vez el mismo perro, pulgas y collar? Cerrados aplausos para la iniciativa del estímulo precoz ¿ O insultos y blasfemias inefables para un precoz estímulo a que piense- si piensa- como ella?
¿ Otra vez mi viejo Felisberto, mi Circe, mi Ma. Eugenia, mi Álvaro Figueredo; otra vez fuera del Mes del Libro?
A falta de tiempo y ganas de patalear contra el clavo se decide explicar, como es lógico, qué es un haiku: se procede a la ubicación geográfica de Japón; se hace referencia a varias, insignificantes en magnitud, manifestaciones de su cultura; se muestran a continuación las gigantescas diferencias de los alfabetos japonés y el alfabeto que mi hija casi domina; el sentido de la escritura; los dibujos majestuosos que embellecen los originales; separamos en sílabas varias palabras en español ( lo aprende en esta instancia, recuerde que está en primer grado) y por fin llegamos, y he sido sintética, a cómo Benedetti no descubrió América aunque sí tomó la métrica del haiku y compuso los diez que mi hija llevará satisfecha a la escuela.
Ante la mirada indignada de su padre que mueve resignado la cabeza, la niña pregunta: ¿ Para qué? Y nosotros, sus padres, entendemos que hacía rato los tres pensábamos lo mismo. Qué entusiasmo. Qué pérdida del finito tiempo. Galopea dice: Para saber, nomás ( es así como pretendemos educarla) Uríaco acota: Mira , mi amor, que no estamos molestos contigo. La niña dice: un haiku es un poema.Me siento miserablemente miserable. Sí, mi amor, un haiku es un poema. Y me veo a mí misma molesta, ridícula, porque uno que patea para que enseñen autores uruguayos, simplemente no logra comprender cuál será el peor de los males.
Welcome to the bloggsfera!!!
ResponderEliminarNos leímos todo con la Katherine y estamos de acuerdo, hasta nos indignamos contigo. Hay que seguir pagando con intereses y atrasados y si no con cárcel (voy por ese camino) (Katherine dice que ponga que vamos a la "suite de las Rosas", porque queda más elegante y es un buen hotel).
Ahora, pobre Gómez, lo mataste con el nombre (a la Katherine le gustó, debe estar pensando en algún gato).
Besos!!